KinaGastro Tour Barcelona: Cuando la fotografía se sirve templada y al punto

Llovía en Mataró. De esa lluvia fina que empaña el cristal y obliga a mirar el mundo a través de gotas y reflejos. El viaje hacia el Hotel SB Icaria de Barcelona comenzó así, como una película con planos húmedos y texturas grises, perfecta introducción para lo que vendría después: una jornada en la que la fotografía, el aprendizaje y la gastronomía se aliaron para enseñarme —nos enseñaron— que no todo es comer ni disparar, sino saber digerir.

La llegada a la Vila Olímpica fue casi cinematográfica: una pausa momentánea en la lluvia dejaba paso a una luz tamizada, de esas que sólo el mar y el asfalto mojado saben reflejar. Entré al hotel con el iPhone a cuestas —sí, ese era todo mi equipo—, la cabeza cargada de expectativas y una sensación familiar de “esto promete”.

El KinaGastro Tour no es un evento al uso. Es un punto de inflexión. Un día entero en el que Edu López y Marta Mauri convierten una sala de hotel en una cocina creativa donde se marinan conceptos, se fríen prejuicios y se emplatan ideas con mimo. Sin prisas, sin humo, sin influencers dando codazos. Aquí se viene a mirar con intención. A escuchar. A oler el talento y saborearlo con calma.

Desde el minuto uno, el plan fue claro: branding, marketing digital, shooting real, edición y una buena dosis de comunidad. Y aunque lo gastronómico estaba presente en cada plato y en cada fotografía, lo más nutritivo fue lo intangible: la mirada de Edu afinando detalles en directo, la calidez de Marta traduciendo técnica en emoción, y ese runrún constante de conexiones que se tejen mientras alguien enfoca y tú tomas nota.

La comida fue pausa y excusa para seguir aprendiendo. Las conversaciones flotaban entre cucharadas, y los móviles dejaron de ser cámaras para convertirse en puentes. El networking no era postureo: era hambre de compartir.

Pero antes de llegar al postre, el primer plato fuerte fue el workshop de Edu López. La sala se transformó en una mezcla de plató, aula y laboratorio visual. Edu no llegó con PowerPoints al uso, ni fórmulas mágicas, sino con ejemplos reales, con su inseparable Fuji cruzada al pecho y una generosidad poco habitual. Mostró cómo trabaja, cómo ordena el caos de una escena hasta convertirlo en armonía. Y sobre todo, cómo comunica con honestidad.

Las imágenes pasaban por su visor y se proyectaban al instante. Habló de branding sin disfrazarlo, de tarifas sin miedo y de errores sin pudor. Fue un taller vivo, tan orgánico como los platos que fotografiaba. Una clase magistral sin estrado ni distancia. Solo pasión, foco y verdad.

Después del dinamismo de Edu, la sesión de Marta Mauri fue un baño de reflexión, sensibilidad y método. Su workshop se convirtió en un espacio donde la estética no era solo un fin, sino una herramienta narrativa. Marta no solo enseñó a iluminar; enseñó a mirar. Su dominio de la luz, su capacidad para componer en silencio, y la forma en que conecta con el producto antes de disparar, marcaron un ritmo completamente distinto: menos velocidad, más intención.

Cada explicación venía envuelta en práctica, y cada práctica, en criterio. Sin rodeos ni divismos, Marta compartió su flujo de trabajo y desgranó el porqué de cada decisión: desde cómo elegir un fondo hasta cuándo no hacer la foto. Porque a veces, no disparar también es mirar.

Su taller se sintió como un ensayo de fotografía pausada, donde los elementos respiraban y el tiempo se medía en matices. Mientras la cámara seguía enfocando, Marta animaba a desaprender vicios y escuchar lo que los ingredientes pedían. En definitiva, una masterclass donde el silencio decía más que mil clics.

El momento de pausa, alrededor de la mesa, no fue un simple break. El menú ofrecido por el restaurante del hotel puso el colofón a una jornada plena de sabor y aprendizaje. Cada plato se convirtió en una extensión del workshop: texturas, colores y composiciones que invitaban a fotografiar antes de comer. Y como no podía ser de otra forma, las cámaras volvieron a salir —en modo contemplativo— antes de dar paso a los cubiertos.

Entre bocado y bocado, se cruzaron impresiones, reflexiones y proyectos. El almuerzo fue un espacio de intercambio sincero, donde se rompía la barrera entre asistentes y formadores. Como cierre, la jornada se despidió con agradecimientos, conclusiones y alguna promesa de reencontrarse en otras cocinas creativas.

La jornada acabó, como todo lo bueno, con sabor a poco. Pero con la certeza de haber encontrado algo difícil de explicar y fácil de agradecer.

No fui a hacer fotos. Fui a mirar distinto. Y volví con hambre de más.