Camisetas, vinilos y codicia: cuando la industria musical se alimenta de tu pasión

¿Comprar una camiseta o financiar un imperio? Lo que parece un gesto inofensivo —llevar el logo de tu banda favorita— puede esconder una cadena de abusos, cláusulas abusivas y merchandising exprimido hasta el último hilo de algodón. Este artículo no va solo de camisetas: va de quién se lleva el trozo más grande del pastel cuando tú, fan entregado, solo querías apoyar la música. Spoiler: no siempre es el artista.


Comprar una camiseta en un concierto solía ser un gesto de apoyo. Hoy es casi un acto de supervivencia artística. Mientras los artistas intentan sostenerse vendiendo merch, las grandes discográficas siguen exprimiendo hasta la última gota de un sistema que lleva años haciendo aguas. No solo han convertido el arte en un producto en serie, sino que ahora te lo venden dos veces: como canción y como prenda, con la misma avidez con la que un banco cobra comisión por respirar.

Desde hace años, la música como tal ha dejado de ser la principal fuente de ingresos para muchos músicos. Plataformas de streaming como Spotify o Apple Music pagan cantidades ridículas por reproducción: hablamos de 0,003 céntimos por escucha. Ni vendiendo su alma a tres sellos lograrían vivir solo de las escuchas.

Y ahí entra el «modelo camiseta». Artistas como Taylor Swift facturan millones con su merchandising, y no es casualidad. Es el único terreno que todavía no controlan del todo las grandes majors. Pero ojo, ya están al acecho. Algunas discográficas han empezado a exigir porcentajes sobre la venta de camisetas y hasta los beneficios del bar del concierto. Todo vale con tal de exprimir el talento ajeno.

Como fotógrafo y videógrafo de conciertos y eventos musicales, he sabido de estas dinámicas por compañeros y artistas con los que he colaborado. Me han hablado de camerinos compartidos entre seis bandas emergentes mientras, en el mismo recinto, los derechos de imagen del evento ya estaban cedidos a una productora intermediaria. Me consta que en muchos conciertos los músicos obtienen más beneficio vendiendo vinilos y camisetas al final del bolo que con la propia actuación. Y lo hacen con una sonrisa, mientras detrás del escenario se respira precariedad.

Lo peor es que estas prácticas ya se cuelan en los contratos de artistas pequeños: cláusulas abusivas, porcentajes indignos, cesión de derechos vitalicios… Todo bajo la promesa de «proyección internacional» o una gira mal remunerada. El sueño de vivir de la música se convierte en una trampa firmada con tinta invisible.

Y mientras, tú. Fan fiel. Que pagas por escuchar, pagas por ver, pagas por llevar esa camiseta que pone el nombre de quien te emociona. A veces sin saber que de esos 30 euros, el artista verá solo tres. Y los otros 27… ya sabes dónde van.

¿La solución? Apoyar a los artistas en sus canales directos, comprar en sus tiendas oficiales, asistir a sus conciertos autogestionados, seguir a sellos independientes que no viven del sudor ajeno. Porque cada vez que consumes música, decides a quién alimentas: al creador o a la maquinaria.

Y sobre todo, apoyar la música local. Aunque no tengas dinero, hay formas de hacerlo. Compartir sus canciones, difundir sus conciertos, seguirlos en redes, hacerles una foto, un vídeo, o simplemente decirles: «gracias por emocionarme». Ya hice un reel explicando esto: apoyar también puede hacerse a coste cero.

La música no es solo un negocio. Es emoción, identidad, cultura. Pero mientras unos la cantan, otros la facturan. Y a menudo, los que menos afinan son los que más ganan.


Nota: Esta crítica va dirigida a las grandes discográficas que explotan el talento ajeno. Nada que ver con los sellos pequeños o independientes, que muchas veces son el último refugio digno para la música de verdad.