Hoy no vengo a medir palabras: se ha quemado un Patrimonio de la Humanidad y hemos vuelto a llegar tarde. Mientras el mirador de Orellán quedaba calcinado y los pueblos cercanos eran desalojados, el humo hacía de pantalla y el sol jugaba a esconderse. Lo factual es esto: carreteras cortadas, acceso restringido, infraestructuras turísticas arrasadas, viviendas y naves afectadas, negocios que se van a la mierda de un día para otro, y una postal a medias verde, a medias negra. Lo emocional… eso me lo estoy tragando a sorbos para poder escribir.
No voy a jugar al forense de sofá. Pero sí a exigir lo obvio: esto no es un accidente meteorológico, es un fracaso político y de gestión. Y si la investigación confirma la intencionalidad —como ya se sospecha en varios focos del Bierzo—, doble fracaso: por no impedir el delito y por no disuadirlo. A los pirómanos, una sola frase: no sois valientes, sois delincuentes que queman futuro. Cuando un paisaje cultural único —mina de oro romana, red hidráulica milenaria, símbolo del Bierzo— queda desprotegido hasta el punto de arder su piel vegetal y su tejido social, algo se ha hecho muy mal. Y no hablo sólo del día del fuego: hablo de prevención, de limpieza, de medios, de coordinación, de vigilancia, de planes específicos para lugares que el mundo entero reconoce como extraordinarios.

Dicen que «la roca no arde». Ya. Lo que se quema es el futuro: el suelo desprotegido que se erosionará con la primera tormenta, el pan de quien vivía del turismo, la memoria de quienes habitan y cuidan allí todo el año, el ánimo de una comarca que no está para más golpes. Y si encima hay que escuchar que “no había plan suficiente”, el sarcasmo se escribe solo. Very British, sí, pero sin gracia.
Y, mientras tanto, con ocho incendios activos y varios de ellos graves, la plana mayor de la política leonesa estaba celebrando el Día de León en la FIDMA de Gijón. Brindis, discursos y fotos; ni una mención en sus notas oficiales a lo que ardía aquí. Hubo excepciones: alguno se quedó en los CECOPI coordinando la emergencia y otros reaccionaron después en redes. Pero la imagen ya estaba hecha. La gestión también es saber dónde estar y cuándo callar.

Como creador visual, me duele también la imagen: no el “espectáculo” del incendio (aquí no hay épica), sino la pérdida de relato. Las Médulas no es un decorado bonito: es una lección de historia, de ingeniería, de paisaje intervenido y, paradójicamente, de cómo convivir con esa herencia. Yo lo recorrí hace tiempo: además de todo eso, era un pulmón para la comarca. Cuando dejamos que arda, cancelamos una clase magistral para generaciones enteras.
Lo mínimo que toca (y ya vamos tarde)
- Plan de prevención y emergencia específico para Las Médulas y su entorno —no genérico—, con presupuesto, responsables y calendario público.
- Gestión forestal real: retirada de combustible, mosaicos, cortafuegos útiles (no de PowerPoint) y trabajo estable —no precario— para cuadrillas todo el año.
- Tecnología que ya existe: vigilancia aérea/terrestre, sensores, cámaras térmicas y protocolos de respuesta con tiempos medibles.
- Recursos a los de siempre: más medios para los bomberos y la UME, sí, pero también para la gente del territorio, que es la primera línea.
- Reconstrucción con cabeza: recuperar miradores, señalética, accesos y equipamientos con criterios patrimoniales, no a golpe de prisa y licitación barata.
- Compromiso UNESCO: si es Patrimonio Mundial, que se note en la protección, no sólo en la placa de la carretera.
Y lo que podemos hacer quienes miramos (y fotografiamos)
- Dejar de romantizar el desastre: ni una foto más que convierta el fuego en postal heroica.
- Contar el después: erosión, economía local, reforestación (si toca), convivencia con el riesgo.
- Tejer redes: propuestas educativas, visitas responsables, campañas de apoyo real a quienes han perdido.
No sé si a fuerza de repetirlo acabaremos aprendiendo, pero sí sé esto: si Las Médulas arden, no es sólo un problema del Bierzo. Este año arden también Galicia, Ávila, Catalunya y hasta el sur de Francia. Estamos quemando el aire de las generaciones futuras. Y, sin querer poner nombres propios, ojalá no asome detrás la especulación político‑empresarial de siempre; si la hay, investigación y responsabilidades —por no decir cosas más fuertes que ahora mismo pienso que se merecen. Es un espejo. Refleja cómo tratamos nuestro patrimonio, nuestro rural y nuestro futuro. Y ahora mismo, lo que se ve en ese espejo es feo.
Hoy me desahogo. Mañana, a exigir responsabilidades y a trabajar por la prevención. Porque la próxima columna no quiero escribirla sobre ceniza.
