Vivimos rodeados de herramientas que cambian sin previo aviso: del menú escondido en el software al nuevo botón en la cámara. La inteligencia artificial no es diferente. Este texto no habla de ciencia ficción ni de apocalipsis, sino de cómo un simple cambio de tono en ChatGPT —del susurro cálido al bisturí técnico— se filtra en mi día a día creativo. Cómo me obliga a repensar rutinas, ajustar expectativas y recordar que, detrás de la máquina, quien siente, decide y crea sigo siendo yo
En el mundo audiovisual estamos acostumbrados a que las herramientas nos cambien las reglas de juego sin pedir permiso. Adobe actualiza, DaVinci renueva menús, Apple esconde botones, y el día que dominas una cámara ya aparece un modelo nuevo que te hace sentir torpe otra vez. Con la IA pasa lo mismo: de repente, ChatGPT cambia de piel y el flujo de trabajo que tenías se resiente.
No es que de pronto se haya vuelto un maleducado: lo que antes sonaba cálido y casi poético ahora resulta más técnico, más frío. Para algunos eso es “borde”; para mí sigue siendo el mismo asistente que entrené a mi medida. Yo lo veo igual que siempre, solo que con GPT-5 se ha vuelto más eficiente. Al final, es otro software que cambia la interfaz sin preguntar, y lo que se modifica no es la esencia sino el tono con el que responde.

En mi caso lo uso para lo mismo que uso la luz: para darle forma a una idea. Me ayuda a escribir guiones, a ordenar pensamientos, a buscar referencias, a simplificar tareas que antes me robaban horas. Con GPT-4o había cierta complicidad, como con ese editor que te lee la mirada. GPT-5, en cambio, me responde con precisión quirúrgica… pero sin caricias. Y claro, a veces echo de menos las caricias.
La clave está en no olvidar que, igual que la cámara no hace el plano ni el software hace la película, la IA no hace la obra: acompaña. Me sirve para agilizar, para provocar preguntas, para empujarme en momentos de atasco. Y sí, también para devolverme un reflejo sarcástico de mí mismo. Porque, seamos sinceros, la entrené para ser irónica y ahora, con GPT-5, a veces me supera.
¿Me ha cambiado el flujo de trabajo? Sí. ¿Me ha limitado? No. Simplemente me ha obligado a ajustar expectativas: dejar de esperar a la “IA definitiva” que rozara la consciencia y volver a usarla como lo que es: una herramienta. Poderosa, sí, pero herramienta.
En fotografía, cuando cambias de cámara lo que más notas no es la calidad del sensor sino dónde demonios está el botón que antes usabas con los ojos cerrados. Con GPT pasa igual: sigue siendo la misma máquina, pero con el botón movido de sitio. Y mientras lo buscas, maldices; luego, cuando lo encuentras, vuelves a disparar.

Y no soy el único que lo ve así. En una entrevista publicada en El Punt Avui (17 de agosto de 2025), Maria José Martí, fundadora y directora ejecutiva de ZeroError, lo resumía de forma clara: “La IA es solo una herramienta para alcanzar la meta que queremos”. Una frase que sirve tanto para un negocio que analiza datos como para alguien que trabaja entre cámaras y timelines: la herramienta está para llegar más lejos, no para caminar sola.
Además, en esa misma entrevista Martí advertía sobre un punto clave: la confianza. Todo el mundo dice que los datos son el nuevo oro, pero la pregunta real es: ¿puedo confiar en esta información? (El Punt Avui, 17 de agosto de 2025). Y ahí está la raíz de lo que también vivimos en lo audiovisual: contrastar, verificar, no dar por buena la primera respuesta que la máquina escupe. Igual que no entrego un vídeo sin revisar cada plano, tampoco puedo delegar ciegamente en lo que me devuelve la IA.

Ni novia virtual ni oráculo infalible. Es luz, lente y teclado. Es flujo de trabajo. Y, pese a sus cambios de humor, hoy me sirve más que ayer. Porque, al final, quien tiene sentimientos soy yo, no la IA. Ella solo refleja lo que le pido; lo humano es mío, lo poético también. Al fin y al cabo, la máquina es espejo, yo soy la luz y la sombra. El resto —expectativas rotas, nostalgias y quejas— lo ponemos nosotros.

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