Por qué los fotógrafos y filmmakers no podemos mirar a otro lado
Esta reflexión nace tras leer a Rosa María Artal: su artículo me empujó a pensar —y a escribir— sobre lo que la imagen puede (y debe) hacer cuando la conciencia apremia.
“La conciencia no prescribe. Solo la silenciamos a ratos.”
Últimamente releo piezas que nos interpelan a todos: periodistas, políticos, ciudadanos… y sí, también a quienes trabajamos con imágenes. Y noto algo en el estómago: cuando apago la cámara también pesan los silencios, lo no contado, los encuadres que dejé fuera. Me quedo con una idea simple y demoledora: lo que cuentas —o decides no contar— también te cuenta a ti. En la intimidad, cuando ya no hay likes ni aplausos, queda la conciencia.
Yo vivo de mirar y de encuadrar; de escuchar la luz y negociar con la sombra. Pero, sobre todo, de elegir. Elegir dónde pongo la cámara, cuándo aprieto el botón, a quién señalo con mi foco y a quién le ofrezco silencio. Ese gesto mínimo —un clic— suma o resta del relato común; es un latido breve que puede cambiar el pulso de una historia. Por eso, cuando arde un patrimonio, cuando se atacan derechos, cuando la propaganda suena más fuerte que los hechos, no basta con “capturar lo bonito”. Toca ver y hacer ver.

La imagen que incomoda (y por eso es necesaria)
La fotografía y el cine documental tienen una ventaja y una trampa, y ambas pasan por el corazón antes que por el sensor. La ventaja: llegan antes que cualquier editorial. La trampa: pueden convertirse en espectáculo. Si yo convierto un incendio en postal heroica, la gente aplaude… y olvida. Si muestro consecuencias, causas, rostros y responsabilidades, quizá no gane tantos corazoncitos, pero aporto algo que dura más que un story de 24 horas.
Cada foto es una decisión ética con forma de luz.
La imagen puede ser denuncia, memoria, prueba, abrazo o espejo —ese lugar donde nuestros reflejos.visuales nos devuelven quiénes somos cuando nadie mira. Depende de cómo la hagamos y de cómo la difundamos. La ética empieza mucho antes del disparo: en el propósito.
Tres tentaciones a esquivar
- El algoritmo como director creativo. Si fotografío solo aquello que “funciona” en redes, la realidad queda amputada y mi mirada se hace más pobre. Hay temas que no viralizan… y son justo los que importan.
- La épica vacía. Dramaticemos lo justo. El dolor no necesita fuegos artificiales; necesita contexto, respeto y precisión.
- El testigo indiferente. Documentar no es neutralidad boba; es elegir el lado de los hechos y de las personas, incluso cuando duele. Es una toma de posición a favor de los hechos comprobables y de las personas afectadas.
¿Qué significa “dar visibilidad” de verdad?
- Nombrar lo que ocurre (y lo que falta por comprobar). Claridad y rigor antes que grandes palabras.
- Poner el foco en las consecuencias reales: gente, oficios, territorio, memoria. No solo helicópteros, sirenas y humo bonito.
- Señalar responsabilidades sin piruetas: prevención, gestión, presupuesto, transparencia. Lo que mejora la vida no suele llevar filtro naranja.
- Volver al lugar. La foto del día es el principio: hay que contar el después y el mientras tanto.
- Compartir bien: texto mínimo, fuentes, enlaces, alt‑text accesible y una llamada a la acción concreta. Difundir no es soltar imágenes: es cuidar cómo y para quién las suelto.
Mi pequeña guía (imperfecta) para trabajar con conciencia
- Propósito claro antes de salir. ¿Por qué hago estas fotos? Si la respuesta es “porque queda guapo”, todavía no estoy listo.
- Consentimiento informado siempre que sea posible. Y respeto absoluto si alguien no quiere aparecer.
- Contexto en cada publicación. Una buena foto sin contexto puede ser un bulo precioso.
- Evitar la romantización del desastre. Nada de pirotecnia estética con el dolor ajeno.
- Diversidad de miradas. Hablar con quienes están, no solo con quienes mandan. Y creditar a quienes ayudan.
- Datos y contrastes. Cruzar información, revisar cifras, corregir si me equivoco.
- Cuidar a la comunidad local. Comprar allí, citar allí, devolver allí. No somos turistas del drama.
- Publicar responsablemente. Sin morbo, sin datos sensibles innecesarios, sin señalar a víctimas.
- Archivar y compartir con sentido. Copias seguras, metadatos, accesibilidad, cesiones claras.
- Cuidar mi salud mental. El duelo visual también existe; hablarlo evita cinismo y burnout. Y si hace falta, parar: la pausa también es oficio.
¿Y el humor? También es político (y humano)
Sí, a veces tiro de ironía británica. No para rebajar la gravedad, sino para pinchar la burbuja del eufemismo. Un chascarrillo a tiempo desarma la pose y deja la verdad a la vista. Humor sí, cinismo no.
Un compromiso público (para que la conciencia no se me duerma)
- Prometo cubrir no solo el fogonazo sino el poso: prevención, consecuencias y reconstrucción.
- Prometo priorizar historias donde una imagen sirva para algo más que decorar un feed.
- Prometo pedir cuentas a quien corresponda, sin gritar y sin agachar la cabeza.
- Prometo fallar mejor: rectificar en público cuando me equivoque y explicar el porqué.
- Prometo escuchar a quienes viven allí antes de disparar.
No somos jueces, ni falta que hace. Pero somos testigos con oficio. Y, bien usados, nuestros oficios ayudan a que la conciencia colectiva se despierte un poco antes y un poco más. Si la imagen no sirve para eso, entonces solo estamos haciendo ruido.
Mirar con intención. Contar con honestidad. Compartir con responsabilidad.
Si te resuena, camina conmigo. Esto es mir_artvisual: mirar con intención hasta que aparezcan los reflejos que importan. La cámara pesa menos cuando el propósito pesa más.
Gracias por llegar hasta aquí. En un mundo de prisas, parar a leer —sea de quien sea— ya es un aplauso enorme. Si además esto te invita a mirar distinto, misión cumplida.


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