Un viaje por Somocuevas, Cernía, Portío, Arnía y Valdearenas: un recorrido donde el mar revela su escritura paciente en la piedra. Cada playa es una página distinta del mismo libro, y cada fotografía intenta atrapar el eco de esa voz milenaria.
Donde el mar escribe en piedra
El mar esculpe y desgarra. Frente a la Costa Quebrada, uno siente que el océano no solo acaricia la roca: la hiere con paciencia infinita, hasta convertirla en memoria visible. El tiempo geológico se mide en estratos, mientras el instante fotográfico apenas logra atrapar un suspiro de esa eternidad.


Sendero de espuma y roca
Mi recorrido comenzó en Somocuevas, donde el horizonte se abre amplio, como si el mar quisiera invitarnos a su propio abismo. La luz de la mañana aún jugaba con las sombras, regalando contrastes limpios.
En Cernía, la roca se encajona y el mar se vuelve íntimo. Aquí el sonido resuena como dentro de una catedral líquida. La cámara debía afinarse para no perder el detalle de las texturas.


Donde arena y viento dialogan
En Portío, el contraste manda: arena dorada contra piedra oscura. La brisa elevaba sal en suspensión, y cada disparo parecía contener un grano del aire.
Arnía es geometría pura: diagonales que atraviesan la mirada, estratos que cuentan historias de millones de años. El ojo se pierde entre líneas que se doblan, quiebran y vuelven a levantarse.

El horizonte que respira
Finalmente, Valdearenas se abre extensa, como un suspiro que libera lo comprimido. Playa ancha, horizonte infinito: aquí el mar no hiere, sino que acaricia con insistencia.


La enseñanza del agua
Decidí alternar entre lentes angulares y un zoom medio. El angular para abarcar lo inabarcable: Somocuevas y Valdearenas. El zoom para atrapar texturas y encuadres cerrados: Cernía y los estratos de Arnía. En Portío, trabajé con diagonales y horizontes, cuidando que la línea del mar no cayera, respetando la geometría natural del paisaje.
La luz exigió decisiones: contraluces que pedían paciencia, cielos que reclamaban un punto de subexposición para no quemarse, sombras que revelaban lo que la claridad callaba. El color se impuso: verdes, ocres, azules. El blanco y negro aquí sería un silencio demasiado fuerte.


El alma quebrada del mar
El alma de la Costa Quebrada es la paciencia de la roca frente al deseo infinito del agua. Una enseñanza sobre resistencia y entrega: lo sólido se quiebra, lo líquido persiste, y en esa lucha nace la belleza.


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