Exponer una fotografía es siempre un acto de entrega. Se trata de permitir que una imagen, nacida en un instante íntimo, respire en un espacio compartido y se enfrente a otras miradas. No es la primera vez que participo en La Col·lectiva de la Associació Sant Lluc per l’Art de Mataró: en ediciones anteriores ya tuve ocasión de compartir otras piezas. Pero este año regreso con una obra muy especial para mí: El ressó de l’ànima. Una guitarra rosa, capturada en plena vibración durante un concierto de las Rockin’ Ladies, que se convierte en metáfora de la resonancia silenciosa que toda imagen guarda. Este artículo recoge la experiencia de ver esa fotografía en diálogo con tantas otras obras y de cómo la técnica se funde con la emoción cuando la memoria se hace colectiva.

El eco de las salas
En una sala compartida, cada obra late con su propio pulso. Pinturas, esculturas, instalaciones y fotografías se cruzan en un murmullo silencioso, como si dialogaran entre sí más allá de la presencia del público. Entre todas ellas, una guitarra rosa aparece suspendida en el tiempo, vibrando en silencio, esperando que alguien acerque el oído para escuchar su eco.
Ese instante inicial se percibe como una nota que flota en el aire: invisible pero persistente. La obra, despojada de artificios, reclama atención no por el volumen sino por la sutileza y convierte la sala en un escenario donde lo efímero se transforma en permanencia.
Entrar en un museo no debería generar miedo ni distancia: las salas no son territorios reservados a unos pocos, sino espacios abiertos donde cada visitante puede dialogar con las obras desde su propia mirada, sin necesidad de conocimientos previos ni códigos secretos.
Las fotografías de la exposición muestran esta diversidad: la instalación de cilindros cerámicos que se despliega como un paisaje de formas, los muros blancos repletos de pinturas y grabados, esculturas en pedestales que marcan el ritmo del recorrido y obras que van de la abstracción cromática al realismo más íntimo. Todo ello construye un itinerario visual en el que el visitante pasa de un ambiente a otro, como si atravesara estaciones distintas de un mismo viaje colectivo.
“Aquí puedes recorrer en imágenes la exposición La Col·lectiva 2025. Un paseo fotográfico entre salas, obras y miradas compartidas.”
El cruce de las miradas
La Col·lectiva es una de las citas más esperadas en el calendario artístico de Mataró. La Associació Sant Lluc per l’Art, con décadas de historia, reúne cada año a creadores de estilos y generaciones distintas en un mismo espacio. No se trata solo de mostrar piezas: es un acto de comunidad, un encuentro donde las miradas confluyen y se reconocen en la diversidad.
Caminar entre las salas es como entrar en un bosque de voces plásticas. Algunas obras gritan, otras susurran. Hay piezas que buscan la confrontación, otras se refugian en la delicadeza. Y en medio de esa polifonía visual, detenerme frente a mi fotografía —El ressó de l’ànima— se convierte en un instante de extraña intimidad: estar dentro y fuera a la vez, autor y espectador al mismo tiempo.
Colgada en una de las paredes laterales, mi guitarra rosa dialoga con fotografías urbanas, abstracciones matéricas y retratos. La intensidad cromática del instrumento contrasta con los tonos más sobrios de las piezas vecinas, como si cada obra marcara un compás distinto dentro de la misma partitura. Esa vecindad visual transforma la experiencia: mi imagen no se contempla en soledad, sino en compañía de otras miradas que la amplifican y le otorgan nuevas resonancias.

El recorrido también propone contrastes marcados: esculturas blancas sobre fondo negro que parecen latir en silencio, cuadros de gran formato que estallan en color, obras que se acercan al surrealismo y otras que reivindican la materia en su crudeza. En ese contexto, la guitarra rosa actúa como un contrapunto rítmico, un eco eléctrico frente a la contundencia matérica o la expresividad pictórica. Es ese diálogo de tensiones lo que hace que la experiencia se sienta tan completa. La iluminación de la sala juega aquí un papel crucial: los focos acentúan los contrastes, generan sombras que dramatizan las esculturas sobre fondo negro y realzan los brillos que hacen vibrar los colores. La luz, lejos de ser neutra, es el hilo invisible que cose estas diferencias y permite que cada obra dialogue con las demás en un mismo compás visual. En el caso de mi fotografía, esa iluminación resalta los reflejos metálicos de la guitarra, intensifica el rosa hasta hacerlo vibrar y proyecta pequeñas sombras que convierten el instante congelado en un acorde aún más vivo dentro del recorrido.

Cuando la técnica se vuelve emoción
La guitarra rosa no es un objeto casual. Elegí esa imagen porque encierra algo que va más allá de la música: es un cuerpo que vibra incluso en el silencio. En términos de composición, el instrumento actúa como punto focal, un imán visual que concentra la atención en medio del encuadre. El color rosa, lejos de ser anecdótico, introduce un contraste con el fondo neutro, generando tensión y a la vez ternura.
Fotográficamente, trabajé con el Sigma 17-50 mm f/2.8 en su extremo largo (50 mm). Era un concierto en condiciones de poca luz, y la decisión fue subir el ISO a 6400 para poder mantener una velocidad razonable de 1/60 s. Como la guitarrista apenas se movía, esa velocidad fue suficiente para congelar el instante. La apertura a f/2.8 me permitió aislar al sujeto y desenfocar el entorno, reforzando la sensación de resonancia suspendida en el aire.
El histograma muestra el predominio de sombras y tonos oscuros, propios de un ambiente escénico, con un bloque de luces altas en el extremo derecho: los reflejos del rosa y los brillos del escenario. La curva de color revela el peso de los tonos rojos en la iluminación, contrarrestados por verdes y azules comprimidos. Todo esto otorga a la fotografía ese carácter intenso, vibrante, como un acorde suspendido.
Al exponerla, la fotografía cambia de naturaleza. Ya no es solo un recuerdo personal, sino una presencia que dialoga con las demás obras. La técnica, entonces, se funde con la emoción: la foto no suena, pero resuena.

La artista invitada: Verónica Aguilera y La Fábrica de tus Sueños
La edición de este año cuenta con la presencia de Verónica Aguilera (Barcelona, 1976), artista visual vinculada a Mataró y afincada en Fráncfort. Su proyecto La Fábrica de tus Sueños nació en el marco de la residencia CeramicRES 2024 y se desarrolla entre el patrimonio histórico cerámico de l’Alcora y prácticas contemporáneas de instalación y performance. Aguilera explora la fricción entre lo industrial y lo histórico, y trabaja con la idea de objeto que pierde su función para convertirse en memoria material.


En sala, su instalación se articula con rodillos cerámicos sin esmalte dispuestos sobre un gran lecho de arena, una topografía que remite a las antiguas vías de transporte de arcilla. La pieza se acompaña de una proyección de vídeo realizada con la colaboración del fotógrafo Pau Cara, donde la acción de manipular los rodillos activa la obra y subraya su dimensión performativa. El conjunto funciona como una arqueología sensible del gesto: cada rastro en la arena suena como una nota muda, cada cilindro registra un tiempo, un uso, un oficio.
Vista desde el recorrido de La Col·lectiva, la propuesta de Aguilera abre un eje de lectura potente: pone en escena procesos y huellas más que productos finales, dialoga con la identidad industrial del territorio y nos invita a pensar cómo los objetos —cuando dejan de servir— conservan, sin embargo, la memoria de lo que fueron.

Un marco cultural compartido
La Col·lectiva de la Associació Sant Lluc per l’Art es mucho más que una exposición anual: es un termómetro del pulso artístico de Mataró. En ella conviven artistas consagrados y emergentes, propuestas tradicionales y lenguajes experimentales, creando un mosaico de miradas que reflejan la diversidad de la ciudad y su entorno. Esta muestra se ha consolidado como un espacio de encuentro, diálogo y visibilidad para la comunidad artística local, reforzando los lazos entre creadores y público.
Como recordaba Isabel Llaquet en una entrevista reciente, a veces no damos suficiente valor a una colectiva con más de 80 años de historia. Y es precisamente esa memoria acumulada la que convierte a la cita en un referente cultural en la ciudad. Del mismo modo, el aniversario de los 25 años de la Associació Sant Lluc refuerza la dimensión comunitaria y la importancia de mantener viva una institución que da voz y espacio a tantos artistas.
En paralelo, año tras año surgen voces críticas sobre la muestra. Algunas reseñas insisten en una visión muy estricta y clásica de lo que consideran arte y lo que no. Estas opiniones forman parte del ecosistema cultural que rodea a La Col·lectiva, aunque contrastan con la diversidad y apertura que la exposición propone, recordándonos que su verdadera riqueza radica en esa pluralidad de miradas. Esa diversidad no es un añadido accesorio, sino el corazón mismo de la muestra: es la mezcla de lenguajes, generaciones y sensibilidades lo que convierte a La Col·lectiva en un espacio vivo, capaz de cuestionar certezas y abrir caminos nuevos.

Participar en este contexto es entrar en una conversación más amplia, donde cada obra aporta su voz a un coro colectivo. Así, la guitarra rosa de El ressó de l’ànima encuentra su lugar no solo como fotografía aislada, sino como parte de un tejido cultural vivo que año tras año se renueva.
El eco compartido
¿Qué significa ver una obra propia en un contexto colectivo? Más allá del orgullo, es un ejercicio de humildad. El eco de mi fotografía no existiría sin las paredes que lo contienen ni sin el rumor de las demás piezas que la rodean. La guitarra rosa no canta sola: forma parte de un coro mayor.
El alma de esta experiencia es el eco compartido. Ese lugar donde lo íntimo se abre a lo común, donde la imagen individual se convierte en resonancia colectiva. Al fin y al cabo, toda fotografía es también un instrumento de memoria: guarda lo que ya no está y, al mismo tiempo, lo proyecta hacia quienes aún tienen que descubrirlo.
Y en este contexto, la tradición histórica de La Col·lectiva cobra aún más fuerza: saber que la guitarra rosa comparte sala con ochenta años de memoria expositiva y con el legado de una asociación que lleva veinticinco años impulsando el arte en Mataró multiplica la resonancia de mi obra. No es solo una foto en un muro, es una voz que se suma a una conversación que viene de lejos y que seguirá viva en el futuro. El eco de la guitarra difunde sus ondas más allá del marco, como si recogiera y expandiera las vivencias de tantas generaciones que han pasado por esas salas. Y en ese eco final, la guitarra rosa se convierte en metáfora de la propia exposición: una vibración común donde cada obra aporta su timbre, pero todas juntas construyen la sinfonía plural de La Col·lectiva.


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