Rockin’ Ladies: cuando la luz del escenario también la encienden ellas

Integrantes de Rockin’ Ladies saludando al público al final del concierto en la Sala Backstage de Terrassa (5 de octubre de 2025), con una bandera palestina en primer plano sobre el escenario.

Una sala vacía antes de despertar, una guitarra que espera su primera nota y un grupo de mujeres que transforman la espera en energía compartida. Así comienza cada encuentro con Rockin’ Ladies, un proyecto que une retrato, música y sororidad para recordar que la luz del escenario también la encienden ellas.

La espera

El domingo llegué a Sala Backstage antes de que se abrieran las puertas. Afuera el aire olía a lluvia vieja y electricidad. Dentro aún no había nadie: solo el eco de una sala vacía esperando su sonido, mientras el equipo técnico terminaba de recuperarse de una noche larga; habían cerrado el sábado muy tarde y casi no habían dormido para poder abrir. Llegué pronto, demasiado pronto, porque había calculado el tiempo pensando en el transporte público, pero un amigo me prestó su coche y el trayecto se volvió ligero. Le estoy agradecido. A veces los caminos que llevan a la música también pasan por gestos así, sencillos, humanos.

El tiempo se estiró un poco más antes de que todo comenzara. Las luces parpadearon, los técnicos conectaron cables, las voces se probaron una y otra vez. En ese intervalo el aire cambió de temperatura. Y entonces, cuando la primera guitarra rompió el silencio, la sala respiró entera. La ciudad se borró. Solo quedó el pulso de los amplis, la respiración del público. En Rockin’ Ladies nadie espera su turno: se reparten el escenario por afinidades. No hay jerarquía, hay corriente. Cada canción dibuja un mapa distinto, un territorio que vibra con la complicidad de quienes saben escucharse.

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La mirada

Rockin’ Ladies nació en 2016. Raquel García García, fotógrafa y melómana, decidió apuntar su cámara hacia una ausencia que dolía: los escenarios sin ellas. La paridad no llegaba todavía a los escenarios, aunque entre el público ya comenzaba a sentirse un cambio de mirada. Comenzó a retratar rostros, manos, gestos. Más de cien sesiones a lo largo del país —Vigo, Madrid, Barcelona, Sevilla, Valladolid, Bilbao, Ciudad Real, Palma…— para contar lo que nunca debería haber sido excepción. Su propósito era sencillo y contundente: mirarlas, hacerlas visibles, tejer comunidad. No hay dogma, hay mirada; no hay proclama, hay sororidad.

El pulso

Lo que empezó en el estudio se expandió al escenario y también más allá de él. Primero llegaron las jams, donde una treintena de músicas se turnan para rendir homenaje a las mujeres que abrieron camino. Después, la Rockin’ Ladies Band, una formación estable que viaja y sostiene la idea cuando la jam no puede ser. Pero Rockin’ Ladies no se detiene en el directo: incluye talleres, charlas, exposiciones y encuentros educativos que amplían su espíritu y lo convierten en un proyecto vivo, transversal, de aprendizaje y memoria. Activismo con guitarra, cámara y voz. Una declaración afinada.

Han pasado por salas, centros culturales y festivales. En Madrid y Sevilla se presentaron en 2019. Tras el parón, Barcelona, Madrid y Vitoria reanudaron el pulso en 2022. En Torremolinos (2024), la exposición, los talleres y el concierto se miraron como tres lenguajes complementarios: imágenes que suenan, palabras que enseñan, acordes que se observan.

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Tres fotogramas

Ayer, mi cámara buscó tres fotogramas.

Fotograma 1: las manos. Planos cercanos, cuerdas tensas y afinadas de Carol y Eva, dedos que dibujan la melodía. El bajo de Albita no empuja: gobierna, mientras Nora, desde su rincón, se une por un momento como relevo generacional: la cantera. Las luces se reflejan en los instrumentos, el foco pide lentitud, el público asiente, hipnótico.

Fotograma 2: la batería. Paris levanta el brazo y el ritmo se ordena. Vero marca el pulso, Lola sostiene la cadencia y Rosa completa la rotación con precisión y entrega. La batería no solo acompaña: dialoga con las guitarras y sostiene la energía del grupo. En el visor, el sudor se vuelve paisaje y el movimiento, pura coreografía.

Fotograma 3: la voz. Noe, Muni, Nezer, Mireia y Xandra se alternan al frente del escenario. Cada una aporta su timbre, su cuerpo, su forma de mirar al público. Entre ellas, una sonrisa breve, cómplice, mientras Lu, en el teclado, les da el hilo invisible que las une. Una nota suspendida, el eco del público respondiendo. Esa rotación fluida no es solo técnica: es gesto, confianza, red. Así funciona su ética: compartir.

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Ausencias que también suenan

En este concierto hubo voces, guitarras, violines y baquetas que no pudieron estar, pero cuya presencia se siente igual, suspendida entre las luces. Noe, mi guitarra rosa, brilló en la distancia. Steffi, con su voz inconfundible; Txell, bajista y voz entrelazadas; Marta Grimaldi, batería incansable en la Sala Wolf; Raquel, cuya voz sigue resonando más allá del escenario; y Mireia, con su violín que tantas veces ha tejido melodías en el aire. También Valentina, la niña baterista que simboliza el futuro y la continuidad. Todas ellas forman parte de esta constelación que nunca se apaga. Su energía estaba allí, en cada acorde, en cada mirada compartida.

La resonancia

Lo que las distingue no es solo su presencia, sino su forma de estar: red, cooperación, seguridad. Ver a una adolescente en la primera fila, con la mirada encendida, dice más que cualquier manifiesto. Como Valentina, que tocó la batería en la Sala La Trinchera, en Vallecas: su ritmo es el eco del futuro que ya late en cada escenario. Estas escenas —retrato y directo— son memoria viva de un tiempo que, por fin, se escribe completo.

La visibilidad no es meta: es camino. Y tal vez llegue el día en que proyectos así ya no sean necesarios. Pero mientras tanto, Raquel García García sigue con su ojo y su estudio portátil, inspirando a quienes, como yo, buscamos también visibilizar el km 0, lo cercano, lo que ocurre a nuestro alrededor y pasa desapercibido. Desde su ejemplo aprendí que escuchar con la cámara también es una forma de compromiso. En Backstage comprendí de nuevo que la luz no se captura, se comparte. En un rincón del escenario, una pequeña bandera palestina reposaba entre los cables y los amplis, recordando que la música también puede ser un lenguaje de solidaridad. Aquella bandera, discreta pero visible, parecía ondear con cada aplauso, como si también celebrara la unión que da sentido a este proyecto. Y cuando se comparte, el escenario no se encoge: se multiplica.

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Permanencia

Seguiré retratándolas. Porque cada foto guarda un latido. Porque cada nota deja su huella de luz. Cada mirada, cada gesto, cada acorde es un recordatorio de todo lo que todavía late en los márgenes y merece ser contado. Y porque en Rockin’ Ladies no posan: permanecen, como un eco que se transforma, como una llama que se comparte y nunca se apaga.