La inteligencia artificial promete democratizar la creación de imágenes, pero también nos enfrenta a un nuevo reto: aprender a mirar con conciencia en un mundo de espejos digitales.
La irrupción de la inteligencia artificial ha cambiado la forma en que miramos, producimos y compartimos imágenes. Lo que antes exigía oficio y tiempo ahora cabe en un clic. Pero detrás de esa aparente democratización se esconden nuevas jerarquías y preguntas éticas sobre la mirada, la autoría y la atención.
Punto de partida
Este texto se inspira en la reflexión de Antoni Esteve para abrir un debate más personal sobre el sentido y los límites de esa llamada ‘democracia audiovisual’. Más que analizar su artículo, busco cuestionar desde mi propia práctica visual lo que implica crear en un entorno donde la IA promete igualdad creativa, pero también redefine la autoría y el control de la mirada.
La idea de que la Inteligencia Artificial nos permite ahora “leer y escribir en imágenes” es provocadora, pero merece ser interrogada: ¿realmente estamos ganando autonomía o solo cambiando de dependencia? ¿La democratización tecnológica se traduce también en una democratización cultural y ética de la imagen?

La alfabetización audiovisual
Recuerdo mi primer contacto con la fotografía digital: aquella mezcla de fascinación y desconcierto al pasar del carrete a la pantalla. Hoy esa sensación se repite, pero multiplicada por mil. Las herramientas de IA nos permiten generar, editar y transformar imágenes sin tocar una cámara. En apariencia, cualquiera puede ser creador. Pero la pregunta no es quién puede crear, sino desde dónde y con qué conciencia lo hace.
He visto cómo estudiantes o aficionados se inician en la creación visual desde un móvil o una app de IA sin conocer la historia ni la técnica detrás de la imagen. Lo asombroso es que muchos logran resultados impactantes, pero también efímeros: la velocidad con que se produce les impide detenerse a pensar en el significado. Por eso creo que la verdadera alfabetización audiovisual no pasa por aprender a usar herramientas, sino por entender qué tipo de mirada se está construyendo y con qué propósito.
Si la alfabetización escrita supuso aprender un lenguaje común, la alfabetización audiovisual requiere algo más: sensibilidad, pensamiento crítico y responsabilidad ante la imagen. Ver no es solo mirar; es también interpretar y contextualizar. Es saber qué hay detrás de cada encuadre y, sobre todo, entender lo que la imagen decide callar.

El espejismo de la democratización
El discurso de la «democracia audiovisual» suena esperanzador, pero esconde matices. Las herramientas se abaratan, sí, pero las desigualdades persisten. No todos tienen acceso a un equipo potente, a buena conexión o a la formación necesaria. La IA puede igualar el punto de partida técnico, pero no el simbólico: el contexto, la mirada y la voz siguen marcando la diferencia.
Y luego están los algoritmos. Plataformas que deciden qué se ve, qué se ignora, qué se repite hasta el agotamiento. Una democracia mediada por filtros invisibles es, en el fondo, una monarquía del dato.

La excelencia y el ruido
En mi propia experiencia como fotógrafo y creador audiovisual, he visto cómo la saturación de imágenes en redes puede diluir incluso los proyectos más cuidados. Recuerdo exposiciones locales donde el trabajo manual, la luz natural o la textura de una fotografía apenas tienen eco frente al brillo efímero de los filtros y los algoritmos. Esa realidad cotidiana me lleva a preguntarme qué entendemos realmente por excelencia en un entorno dominado por la velocidad y la viralidad. Antoni Esteve afirma que, en este nuevo ecosistema, la excelencia se reconocerá. Pero ¿qué es la excelencia en tiempos de saturación visual? La imagen más vista no siempre es la mejor construida. A veces, la imagen que conmueve apenas circula. La IA amplifica el ruido tanto como la creatividad: nos devuelve miles de espejos, pero no garantiza profundidad.
Quizá la verdadera excelencia esté en lo que permanece. En la mirada que resiste a la velocidad, en la historia que se toma su tiempo, en el creador que decide pensar antes de generar.

Una ética de la imagen asistida
Desde mi práctica artística, esta ética visual no es una teoría abstracta: es una forma de estar frente a la imagen. En mis proyectos, intento que cada decisión técnica —la luz, el encuadre, incluso la posible intervención algorítmica— conserve una coherencia con la emoción que la originó. He comprobado que cuando se abusa de la IA, la imagen pierde su pulso humano. Por eso, defiendo un equilibrio: aprovechar la precisión de la máquina sin renunciar a la imperfección que da sentido a la mirada humana. Si algo me interesa de esta nueva era es la posibilidad de hibridar: combinar lo humano y lo algorítmico, la intuición y el cálculo. Pero para que esa alianza tenga sentido, necesitamos una ética visual. No basta con crear; hay que hacerlo con conciencia.
Esa ética implica transparencia (decir cuándo se usa IA), respeto (no apropiarse de obras ajenas) y coherencia (no delegar del todo la mirada). Porque la tecnología no es neutral: amplifica tanto la belleza como la mentira.

Conclusión: una democracia de la atención
Quizá la verdadera democracia audiovisual no consista en multiplicar las cámaras, sino en recuperar la atención. En un tiempo en que todo se registra y nada se observa, mirar se convierte en un gesto de resistencia. Educar la mirada es también un acto político: aprender a distinguir la luz del destello, la voz del eco, lo auténtico de lo automatizado. En un mundo donde las imágenes se generan solas, mirar de verdad será el acto más humano —y más consciente— que nos quede.

La imagen asistida por IA nos obliga a reaprender a mirar: la verdadera democratización no está en la herramienta, sino en la conciencia de quien la usa.

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