No es un debate de relojes, sino de luz. La política discute si debemos quedarnos con el horario de invierno, con el de verano, o seguir con el vaivén de las agujas. Pero para quienes vivimos de mirar, encuadrar y registrar lo que el sol toca, la discusión es otra: ¿qué perdemos como creadores cuando la luz decide adelantarse o retrasarse?
“La luz no entiende de decretos: sólo de horizontes.”

El horario de invierno fijo: la verdad de la mañana
El horario de invierno nos regala amaneceres que no se esconden detrás del despertador. A las seis ya hay trazos de claridad, y eso significa que puedo salir a fotografiar con el cuerpo despierto y la cámara lista, sin forzar al organismo a cazar rayos invisibles.
El inconveniente es que la tarde se acorta: ese dorado del “golden hour” llega antes, y si tienes jornada laboral, puede que lo veas desde la ventana en lugar de tras un objetivo. Para muchos, las terrazas cierran antes; para mí, el obturador simplemente baja un poco más temprano.

El horario de verano fijo: la tentación de la tarde
En cambio, el horario de verano ofrece tardes largas, tan largas que parecen eternas. El sol se queda jugando con las sombras hasta casi las diez, y eso es un festín para grabar conciertos, pasear con la cámara o exprimir esa luz suave que tanto amamos los fotógrafos.
Pero claro, todo se paga: el amanecer se convierte en una rareza. En diciembre, en Galicia, podría salir el sol a las diez de la mañana. Y los cuerpos que madrugan —los míos incluidos cuando toca viaje o montaje— despiertan en plena noche, forzando el reloj interno como si fuera un rodaje sin catering.

El cambio horario: la montaña rusa bianual
Mantener el vaivén actual es como aceptar que dos veces al año alguien te robe media hora de sueño y te la devuelva seis meses después, mal envuelta. El cuerpo se resiente, la rutina tambalea y, aunque nos adaptemos, siempre queda la sensación de estar a merced de una coreografía absurda.
Visualmente, eso sí, nos da variedad: cada seis meses cambian los ritmos de amanecer y atardecer, lo que obliga a reinventar los horarios de captura. Pero uno se cansa de ser marioneta del BOE.

La luz como protagonista
Al final, la cuestión no es política ni económica: es audiovisual. La luz es nuestra materia prima, y con ella moldeamos emociones, memorias y paisajes. Que amanezca a las seis o a las nueve define el tono de nuestras historias. Que el atardecer llegue a las ocho o a las diez marca el compás de nuestras narraciones.
El reloj lo ajusta un gobierno, pero la cámara lo traduce en imágenes que sobrevivirán a cualquier decreto.

Epílogo irónico
Quizás la solución sea sencilla: abolir el reloj y vivir con el sol. Pero claro, prueba a decirle eso a tu jefe el lunes a las nueve: “No llego tarde, jefe, es que hoy el sol ha decidido remolonear”.
Spoiler: no cuela.


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