🌅 Entre amaneceres robados y atardeceres prestados

Cielo anaranjado intenso al atardecer con montañas en silueta.

No es un debate de relojes, sino de luz. La política discute si debemos quedarnos con el horario de invierno, con el de verano, o seguir con el vaivén de las agujas. Pero para quienes vivimos de mirar, encuadrar y registrar lo que el sol toca, la discusión es otra: ¿qué perdemos como creadores cuando la luz decide adelantarse o retrasarse?

“La luz no entiende de decretos: sólo de horizontes.”

Silueta humana junto a una farola con cielo naranja.
Una silueta atrapada en la luz que se prolonga.

El horario de invierno fijo: la verdad de la mañana

El horario de invierno nos regala amaneceres que no se esconden detrás del despertador. A las seis ya hay trazos de claridad, y eso significa que puedo salir a fotografiar con el cuerpo despierto y la cámara lista, sin forzar al organismo a cazar rayos invisibles.
El inconveniente es que la tarde se acorta: ese dorado del “golden hour” llega antes, y si tienes jornada laboral, puede que lo veas desde la ventana en lugar de tras un objetivo. Para muchos, las terrazas cierran antes; para mí, el obturador simplemente baja un poco más temprano.

Playa bañada por la primera luz del día.
La luz temprana que acaricia la arena.

El horario de verano fijo: la tentación de la tarde

En cambio, el horario de verano ofrece tardes largas, tan largas que parecen eternas. El sol se queda jugando con las sombras hasta casi las diez, y eso es un festín para grabar conciertos, pasear con la cámara o exprimir esa luz suave que tanto amamos los fotógrafos.
Pero claro, todo se paga: el amanecer se convierte en una rareza. En diciembre, en Galicia, podría salir el sol a las diez de la mañana. Y los cuerpos que madrugan —los míos incluidos cuando toca viaje o montaje— despiertan en plena noche, forzando el reloj interno como si fuera un rodaje sin catering.

Sol dorado reflejado en el mar al atardecer.
Tardes doradas que parecen infinitas.

El cambio horario: la montaña rusa bianual

Mantener el vaivén actual es como aceptar que dos veces al año alguien te robe media hora de sueño y te la devuelva seis meses después, mal envuelta. El cuerpo se resiente, la rutina tambalea y, aunque nos adaptemos, siempre queda la sensación de estar a merced de una coreografía absurda.
Visualmente, eso sí, nos da variedad: cada seis meses cambian los ritmos de amanecer y atardecer, lo que obliga a reinventar los horarios de captura. Pero uno se cansa de ser marioneta del BOE.

Camino rural bajo penumbra azul.
Cuando el día tarda en comenzar.

La luz como protagonista

Al final, la cuestión no es política ni económica: es audiovisual. La luz es nuestra materia prima, y con ella moldeamos emociones, memorias y paisajes. Que amanezca a las seis o a las nueve define el tono de nuestras historias. Que el atardecer llegue a las ocho o a las diez marca el compás de nuestras narraciones.
El reloj lo ajusta un gobierno, pero la cámara lo traduce en imágenes que sobrevivirán a cualquier decreto.

Horizonte limpio con nubes finas rojizas.
La memoria de la luz permanece.

Epílogo irónico

Quizás la solución sea sencilla: abolir el reloj y vivir con el sol. Pero claro, prueba a decirle eso a tu jefe el lunes a las nueve: “No llego tarde, jefe, es que hoy el sol ha decidido remolonear”.
Spoiler: no cuela.

Camino rural al amanecer, con casas y cielo azul aún en penumbra.
“No llego tarde, jefe… es el sol”.