En los últimos meses se repite un discurso en correos, formaciones y charlas del sector audiovisual. Un discurso que habla del “fin de una era”, de la necesidad de reinventarse, de dejar de ser operador y empezar a pensar en estrategia, visión y posicionamiento.
El mensaje suele ser parecido: quien compite por precio pierde. Y quien no se adapta, desaparece.
Algo de verdad hay en todo esto. El audiovisual ha cambiado. La técnica ya no es diferencial. Hoy casi cualquier cámara sirve para la mayoría de usos y aprender a grabar es más accesible que nunca. Eso es un hecho.
Pero hay una parte importante del relato que se queda fuera.
No es que la gente no valore el audiovisual. Es que no puede.
Cuando se dice que “quien compite por precio pierde”, se suele hablar como si los clientes con bajo presupuesto fueran una minoría. Como si el problema fuera no saber venderse mejor o no haber entendido aún el nuevo paradigma.
Y no.
Los que no pueden pagar no son unos pocos. Son la gran inmensa mayoría de la población.
Vivimos en una sociedad estructuralmente precaria: salarios bajos, alquileres disparados, trabajos inestables, cultura de base sostenida a pulmón, autónomos encadenando meses buenos con meses directamente inexistentes.
En ese contexto, no todo el mundo puede pagar un videoclip de 3.000 euros, un spot de 1.500 o una boda de 15.000. Y eso no convierte automáticamente a esos clientes en “malos clientes” ni a esos trabajos en “mal audiovisual”.
El problema no es el precio. Es la falta de contexto.
El problema no es cobrar menos. El problema es no saber por qué cobras lo que cobras, para quién trabajas y hasta dónde puedes llegar sin quemarte.
Hay trabajos con presupuestos bajos que están bien planteados: claros, honestos, con límites, con expectativas realistas. Y hay trabajos “premium” que son una trampa emocional: subes precios, pero también subes la ansiedad, la presión y la sensación de que si no escalas, fracasas.
Reducir todo a “precio vs valor” es una simplificación peligrosa. Porque el mercado no es homogéneo. Hay contextos, escalas, realidades muy distintas conviviendo al mismo tiempo.
El audiovisual real no vive solo en la liga premium
Gran parte del audiovisual real se mueve en otra escala: conciertos pequeños, bares con música en directo, grupos emergentes, teatro amateur, asociaciones, proyectos comunitarios, bodas sencillas, gente que quiere un recuerdo o un archivo sin necesidad de fuegos artificiales.
Ese audiovisual no busca escalar. Busca existir.
Busca acompañar, documentar, sostener escenas culturales, generar memoria.
Y también ahí hay oficio. También ahí hay dignidad. También ahí hay sentido.
Cuando el discurso olvida la precariedad, se convierte en moralina
Hay un subtexto que empieza a repetirse demasiado: si cobras poco es porque no sabes, si el cliente no paga es porque no valora, si no te va bien es culpa tuya.
Pero a veces el cliente sí valora. A veces el cliente está igual de precario que tú. A veces el proyecto merece existir aunque no sea rentable.
El audiovisual no puede pensarse solo desde el Excel ni desde el embudo de ventas. Porque entonces deja fuera a la mayoría.
Quizá no es el fin de una era
Quizá no estamos ante el fin del audiovisual. Quizá estamos ante el agotamiento de un marco económico que hace imposible que la mayoría viva con estabilidad de su trabajo creativo.
El audiovisual no falla. Lo que falla es el contexto que lo rodea.
Y mientras no se diga eso en voz alta, seguiremos recibiendo correos que prometen salvación individual a problemas que son colectivos.
