El día que perdí el sonido

Escenario del Teatro Monumental de Mataró durante el acto del 45 aniversario de Aules Sènior, con los socios homenajeados sobre el escenario y el público observando desde las butacas.

Llegué al Teatro Monumental con la tranquilidad de quien cree haber hecho los deberes. La Canon XA60 estaba preparada, los cables de alimentación revisados, la conexión a la mesa de sonido hecha y la experiencia acumulada de muchos actos a mis espaldas me daba esa confianza serena que a veces confundimos con la certeza de que todo saldrá bien. Hice la preescucha y comprobé que el audio llegaba correctamente a la cámara. Todo parecía estar en orden.

Y, sin embargo, una de las primeras lecciones que aprende un filmmaker es que «parece» es una palabra peligrosa.

El escenario estaba dividido en tres mundos distintos, cada uno con sus propias exigencias. A la derecha, un atril iluminado por una luz blanca y potente, casi cenital, reservado para los parlamentos. A la izquierda, un pequeño set con cuatro sillas y una mesa para las entrevistas, envuelto en una iluminación más cálida y una atmósfera íntima. En el centro, el piano y el espacio destinado a las actuaciones: un grupo de baile, otro de ukeleles y otro de castañuelas.

Aquello suponía trabajar con tres escenarios diferentes, tres iluminaciones distintas y tres maneras de exponer una imagen, todo ello con una sola cámara.

Además, el Teatro Monumental tiene una particularidad que condiciona mucho el trabajo: el filmmaker puede moverse libremente, pero no plantar el trípode donde quiera. La cámara debe situarse al fondo de las butacas, junto a la cabina técnica, y desde allí hay que hacerlo todo. Hay que acercarse con el zoom cuando alguien habla en el atril, abrir plano para recoger una actuación, desplazarse visualmente hacia las entrevistas y volver al centro cuando la música comienza. Todo ello mientras el espectáculo avanza sin detenerse ni un segundo.

Porque el espectáculo nunca espera.

Nadie va a decir:

—Esperad un momento, que el filmmaker necesita corregir la exposición.

El bailarín no repetirá su entrada porque estabas ajustando el zoom. El pianista no volverá a tocar porque estabas reencuadrando. El entrevistado no repetirá una frase porque estabas corrigiendo el balance de blancos. Todo sucede una sola vez y, mientras ocurre, uno debe tomar decisiones continuas sabiendo que no habrá una segunda oportunidad.

Ahí radica una de las grandes diferencias entre la fotografía y el vídeo. El fotógrafo puede regresar a casa con cientos de imágenes y elegir después la mejor expresión, la luz más favorecedora o el instante más afortunado. El filmmaker, especialmente cuando trabaja con una sola cámara, vive en un presente constante, tomando decisiones irrepetibles mientras el tiempo avanza sin esperarle.

Aquella tarde pensé que todo había salido razonablemente bien.

Pero aún me esperaba una sorpresa.

Llegué a casa, descargué las tarjetas y abrí los archivos con la tranquilidad de quien simplemente quiere revisar el material. Entonces descubrí que el audio procedente de la mesa de sonido no existía.

No había nada.

Ni una sola palabra.

Ni una sola nota.

El cable estaba conectado. La preescucha había funcionado. Todo indicaba que la señal estaba entrando correctamente. Pero, por alguna razón que todavía hoy no sé explicar del todo, la grabación me había dejado únicamente el sonido del vacío.

Recuerdo perfectamente la sensación que tuve en ese instante. No pensé en el público ni en la persona con la que estaba colaborando. Pensé en mí.

Porque el audio es, probablemente, el ochenta por ciento de un acto como este. Una imagen ligeramente sobreexpuesta puede salvarse. Un encuadre imperfecto puede perdonarse. Pero cuando las palabras no se entienden, cuando el eco de la sala se impone y la música se mezcla con las voces, uno siente que algo esencial se ha roto.

Y entonces aparecen las preguntas.

¿He hecho algo mal?

¿Podría haberlo evitado?

¿Soy realmente tan bueno como creo?

Los errores técnicos tienen una extraña capacidad para dejar de ser técnicos y convertirse en algo personal. De repente, uno no cuestiona un cable o una configuración; se cuestiona a sí mismo.

Por suerte, la Canon había grabado el sonido ambiente. No era un audio limpio ni perfecto. Había reverberación, algunas palabras resultaban difíciles de entender y el eco del teatro estaba presente en casi todo el material. La inteligencia artificial ayudó a mejorar algunas partes, pero no hace milagros. El eco sigue ahí y las imperfecciones también.

Sin embargo, con el paso de las horas comprendí que quizá ese no era el verdadero problema.

El verdadero aprendizaje llegó cuando dejé de preguntarme por qué había ocurrido y empecé a preguntarme cómo evitar que volviera a suceder.

Una grabadora independiente conectada a la mesa.

Micrófonos inalámbricos en el atril.

Otro micrófono para las entrevistas.

Varias capas de seguridad.

Porque la experiencia no consiste en no equivocarse. Consiste, más bien, en construir sistemas que hagan los errores menos probables y sus consecuencias menos graves.

Y ahí comprendí algo que va mucho más allá del vídeo.

Durante años pensé que la experiencia era una colección de éxitos acumulados. Ahora creo que es una colección de errores de los que uno ha decidido aprender sin dejar que le definan.

Hay, además, una pequeña injusticia silenciosa en este oficio. Cuando todo sale bien, parece normal. Nadie piensa en las horas de preparación, en la tensión de las decisiones o en el miedo a equivocarse. Simplemente se da por hecho que el resultado debía ser así.

Pero basta con que algo falle.

Entonces todas las miradas se giran hacia uno.

Y, casi siempre, uno mismo es el juez más severo.

Con los años he aprendido a desconfiar de esa manera de medir el trabajo. Porque detrás de cada vídeo que parece sencillo existen cientos de decisiones invisibles, y porque la perfección no debería ser el precio que pagamos para sentirnos orgullosos de lo que hacemos.

Aquella noche no me dolió tanto haber perdido el audio de mesa.

Me dolió haber olvidado, durante unas horas, todo lo que sí sé hacer.

Por suerte, la autoestima, igual que el sonido ambiente, a veces llega con ruido y con imperfecciones.

Pero sigue estando ahí.

Y al día siguiente, uno vuelve a encender la cámara.